Fotografía: Bill Curtsinger
Y entré en la Casa del Agua, donde una flor sumergida salió a la superficie del mar para sonreírme con su magia, y ser honrada por quienes supiesen verla en el corazón. Y allí estabas tú al final de este camino de purificación, Madre querida, sabiéndome tú, ofreciéndome tu vientre para que me recostase en él y pudiese soñar el sueño del amor, descansando de tantas batallas que han durado días y noches enteras, meses y años de existencia dual.
Y allí me quedé, contigo, siendo tú, sintiendo la suavidad de tu vientre blando y caliente, entregada a ser, mientras tu caparazón sostenía las edades de la Tierra y nos ofrecía el cobijo necesario para poder mirar en paz a las estrellas, al viento nocturno que hacía brotar silenciosas flores blancas en la profunda noche sin fin.
Oh Madre querida! Gracias infinitas. Es tiempo de confiar en el abrigo de tu espalda, en la salvaje fuerza de vida que me brota al entregarme a ti, vulnerable ante la fuerza cruda y dulce del flujo oceánico. Esa es la verdadera ofrenda valiente, desde donde compartir mi más pura esencia con todos los seres sintientes, sabiendo que soy una bailarina atemporal, hija tuya, madre, amante, Mujer, al tiempo que todo lo demás. Sé que tú me sostienes bajo el manto sagrado de la Nación de las Estrellas y que tu alimento es inagotable. Y hoy, al fin, descanso en mi sueño. Y soy.
Gracias infinitas, Flor de las Aguas, por mostrarme tu generosa nutrición y sostén. Soñamos juntas una nueva tierra. En la danza oceánica del amor incondicional mi alma ya nunca estará sola... Nunca lo estuvo y siempre fue. Y ahora, en paz... ahora... Soy.
TR